mayo 13, 2021

Desde hace ya tres décadas el tránsito hacia la vida adulta se ha vuelto complejo en las sociedades europeas actuales. Los cambios vienen provocados por cambios en la estructura social y la transmisión de valores, además de cuestiones claramente de coyuntura de largo recorrido como pueden ser el acceso a la vivienda y al empleo que ciertamente son los dos grandes talones de Aquiles en los procesos emancipatorios. 

Los recorridos vitales de las personas se han vuelto complejos, inciertos y altamente competitivos. La etapa juvenil que antaño se configuraba como un modelo transitorio hacia la vida adulta, hacia la autonomización individual o en pareja, se ha convertido en un lugar estanco de parada y estancia incierta y de la que se sale quizás pasada la treintena, cuando ni tan siquiera se es joven biológicamente hablando. No hay una sola causa, sino múltiples pero todas ellas trascienden al análisis simple de la prolongación de la vida en el entorno familiar o la ausencia de recursos para su autonomía. 

Las transiciones a la vida adulta del grueso de jóvenes vascos y españoles se realizan en una coyuntura inestable, de profunda transformación social, cultural, política y económica, en la que afirmar sus identidades es complejo porque incluso deben escogerla entre un elenco cada vez mayor de posibles identidades y pertenencias. Les obliga a la toma de decisiones permanente sobre quienes quieren ser (mucho más allá de su profesión), donde quieren estar (la globalidad y las fronteras culturales líquidas) y cómo configurar su futuro. Cuestiones que antaño venían definidas por la ascendencia paterna/materna, por la disposición material o por el entorno en el que se socializa.  

Surgen juventudes diversas, tan diversas como son sus orígenes, sus edades (podríamos hablar de casi dos décadas de etapa juvenil) y sus aspiraciones y expectativas. Algunas de nuestras generaciones jóvenes asumen e integran la globalidad y la vida cosmopolita con cierta facilidad, imbuidos en la cultura digital, en el dominio de claves culturales globales que les permiten moverse fácilmente y asumen con cierta facilidad la inestabilidad como componente de sus vidas. 

Ciertamente, hay otros muchos que esta posible ventaja de los nuevos tiempos les queda lejos. Una juventud que se siente vulnerable y con muchas dificultades para el tránsito a la vida adulta alargada mucho más allá de lo que desean y la actual pandemia agrava las circunstancias que ya veníamos experimentando. Jóvenes que sienten como describe Jorge Benedicto que transitan a la intemperie, sin protección y sin seguridades, en un mundo incierto donde las instituciones no estamos dando seguridad y apoyos para hacerlo con ciertas garantías. Benedicto señala que la imagen que transmiten es la de una juventud desorientada ante los cambios que se están produciendo y las dificultades para controlarlos y para superar los obstáculos. Dicen que nos hallamos ante la generación más preparada de la historia, muy seguro, pero también en la que el tránsito hacia la vida adulta es más complejo.

Y, sin embargo, nos hallamos ante la generación joven de menor peso poblacional desde que somos capaces de medirlo. En Euskadi muy especialmente. Un sencillo vistazo a las pirámides poblaciones del año 2001 (y no me voy a las pirámides poblacionales del baby-boom) comparadas con el año 2020 nos sitúa en un principio de realidad. En el año 2001 había 466.002 jóvenes entre 15 y 29 años en Euskadi (el 21,6% de la población), en la actualidad son 303.209 jóvenes (el 13,7%). Es decir, en 20 años hemos sufrido una pérdida poblacional de casi 163.000 personas entre 15 y 29 años. Esto tiene enorme impacto en la configuración social y económica, en la priorización de políticas de apoyo y atención a las dificultades, en la distribución de recursos públicos y privados, pero también en la mirada que se pone a lo que es escaso y valioso, en este momento las personas jóvenes. Comenzamos a ser conscientes que los y las jóvenes se están convirtiendo en un bien escaso que debe protegerse, mal entendida la protección seguramente y mal ubicadas las políticas, también, pero también pierden peso de influencia porque el peso netamente superior de su generación precedente impide que se visibilice sus necesidades y demandas. 

Si eso ocurre en poblaciones jóvenes que parten de situaciones más o menos ventajosas o equilibradas en los accesos a los recursos sociales disponibles, no es difícil imaginar que la situación se torna tremendamente compleja cuando abordamos esa parte de la juventud marcada por la desigualdad y la desventaja social. La brecha se vuelve abismal. Hablamos de los y las jóvenes que salen de los sistemas de protección y/o que transitan sin acompañamiento familiar. 

Hablamos de jóvenes que por el hecho de serlo, comparten con su generación enormes dificultades de incorporación al mercado laboral, acceso a vivienda, capacidades de emancipación pero además, deben lidiar con la ausencia de un modelo afectivo-acogedor que les proteja, recursos familiares que les permitan realizar la transición hacia el mundo adulto en condiciones de seguridad y alargamiento de la juventud y tienen la urgente necesidad de buscarse su propia autonomía porque el sistema de protección finaliza cuando ellos y ellas apenas han sido capaces, si acaso, de construirse su propia identidad, a los 18 años y aún les quedan muchos elementos de madurez por desarrollar. Al igual que les ocurre a sus coetáneos, no lo olvidemos. 

 Jóvenes cuya ausencia de modelos familiares o vidas erráticas ha puesto enormes impedimentos para que accedan a un proceso formativo a realizar en condiciones de seguridad, jóvenes cuyos daños emocionales o las vulnerabilidades que acarrean en su mochila les ponen difícil en extremo cualquier proceso formativo que les permita adquirir competencias adecuadas para su vida adulta. Competencias insoslayables en el mundo globalizado y altamente competitivo en el que vivimos. 

La distancia en el acceso a recursos y ventajas sociales entre aquellos y aquellas jóvenes que viven en entornos familiares y bajo el cobijo familiar por dificultoso que sea, así como las facilidades para desarrollar las competencias adecuadas, con estos y estas jóvenes es enorme. Hablamos de jóvenes a los que la comisión de errores significa penalizaciones importantes, algo que sí se les permite a los demás porque sus familias y sus referentes parentales les van a dejar experimentar y equivocarse, les van a permitir corregir, acompañar y seguir. Pensamos en equivocarse de estudios, de decisiones vitales, de parejas emocionales, de asunción de riesgos, etc. A estos y estas jóvenes en vulnerabilidad las equivocaciones les salen muy caras y deberíamos también introducirlo en la ecuación cuando nos referimos a ellos y a ellas. Las equivocaciones pueden ser la diferencia entre estar en el sistema o fuera del mismo. Reflexión que debemos realizar. 

De ahí, que al inicio de la legislatura del 2015, iniciamos un proceso de reflexión en torno a cómo facilitar y crear espacios donde puedan realizar la necesaria transición a la vida adulta de forma lo más segura posible pero también con la mayor celeridad posible, permitiendo “equivocaciones”, dentro de sus posibilidades; un sistema que les facilite su tránsito en lo más próximo a la igualdad de condiciones, asumiendo que a estos y estas jóvenes les exigimos más, mucho más, sin los mismos recursos. Debo decir que en su inmensa mayoría desarrollan resiliencias admirables acompañadas por sus educadores y educadoras, que desarrollan una labor esencial. 

Si las y los jóvenes actuales que disponen de espacios de seguridad para transitar a la vida adulta en caminos diversos y divergentes lo tienen o lo viven difícil, si con 18 años seguimos casi considerándoles adolescentes recién salidos del “cascarón”, ¿Cómo podemos exigir a los que salen del sistema de protección, con mochilas mucho más pesadas, que sean adultos responsables, autónomos y sin transición alguna? Todo ello teniendo en cuenta que algunos, vienen de viajes largos, costosos y con muchos daños por el camino y son la viva representación de la globalidad. 

En 2018 iniciamos la andadura de la “Estrategia Joven” de Diputación Foral de Bizkaia, una suerte de sistema preventivo de la exclusión social. Estrategia novedosa, innovadora y adaptada a las personas. Centrada en ellas. En cada una de ellas. Abordamos esta tarea desde una dimensión de derechos, de Justicia pero también ética. Una sociedad decente no puede dejar abandonados a su suerte a jóvenes que aún precisan de acompañamiento, de protección, de red comunitaria y del calor necesario para madurar y crecer. No se les puede exigir a estos y estas jóvenes lo que no exigimos al resto de jóvenes, solamente por el hecho de que han nacido o han crecido con menos oportunidades vitales. 

Desde 2018 hemos atendido a casi 1300 jóvenes, tanto desde el servicio de inclusión social como desde el servicio de empleo. Hemos dado respuesta a los anhelos de muchos de ellos y ellas con el apoyo de un tercer sector vivo y que se adapta, que ha sabido sumarse a lo que desde Diputación estábamos pergeñando, y por supuesto, con una red de profesionales de la intervención, en su mayoría Educadoras y Educadores Sociales, sin cuya labor la nuestra sería baldía. 

Seguimos y seguiremos. Queremos ser una sociedad justa, decente e igualitaria que ofrece oportunidades a los y las jóvenes. Trabajemos para ello. 


Biografía Mª TERESA LAESPADA MARTÍNEZ: Diputada Foral de Empleo, Inclusión social e Igualdad en la Diputación de Bizkaia. Doctora en Sociologia. Profesora Titular en Excedencia de la Universidad de Deusto, de la Facultad de Psicología y Educación. Exdirectora del Instituto Deusto de Drogodepencencias. 

Sobre el autor

Teresa Laespada

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  1. Una descripción admirable de las dificultades y obstáculos que atraviesan el lazo social en nuestro tiempo. Localizar el síntoma social; la vulnerabilidad y la precariedad que nos define, permite proponer prácticas y proyectos (desde la gobernanza) como respuestas posibles frente a los nuevos modos de ocupar un lugar, en la vida, en el trabajo, en la época; hacerse mayor.

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