Autor Asier

octubre 8, 2021

He de reconocerme como un escaso admirador del célebre Bugs Bunny. Acostumbrado quizás a personajes perdedores, ensoñadores o secundarios como Jaca Paca, Súper Coco, Pequeño Tío o el señor Nilsson, se me hacía imposible no adherirme al título que hoy nos ocupa como elemento reconocible del mencionado cartoon rabbit.

Hace semanas, fui invitado nuevamente como docente o ponente socio-educativo a compartir con l@s alumn@s de Educación y trabajo Social de una prestigiosa universidad bilbaína. Cada vez que me adentro en esos recintos, es como si me recorriese por todo el cuerpo, una brisa o tenue corriente de aire fresco. Un desodorante natural, que de un plumazo, parece  envolverte y evocar a los más íntimos,  bellos y felices recuerdos estudiantiles. 

Sensaciones agradables y reconfortantes, capaces de mitigar y revitalizar el cansancio o temibles rutinas del trabajo cotidiano. Intento mirar hacía adentro, rebuscar en el cajón desastre de las emociones y no atisbo a encontrar grandes respuestas al porqué. En uno de esos ratos libres de divagaciones, de búsquedas imposibles, me surge la conjetura comparativa con otro ciclo vital de la vida:

¿Y este bienestar que siento o percibo, será parecido al que disfrutan las personas mayores cuando conviven con tiernos infantes afectivos o reciben visitas juveniles en los centros residenciales, para aprovechar y contar sus “pequeñas” (grandes) historias de vida?

La Universidad está llena de mentes inquietas, de educadoras sociales con dudas, ávidas de enfrentarse a próximos retos, de gente revolucionaria que quiere cambiar el mundo y de algún que otro resultadista que pasaba por allí y no iba a desaprovechar la ocasión para sacarse un Grado. Hay gente que incluso en sus silencios, parecieran evocadoras. Jóvenes agradecidos y personas comprometidas. También existen quienes planifican el fin de semana y la próxima casa rural a habitar, con suministros etílicos mediante. Todos ellos, suman. Quizás no lo sepan, quizás no ahora, pero sumarán. 

Pero también en la Universidad me encuentro con viejos compañeros/as. Mientras les explico a los dos tutores titulares, mis próximos retos o caminos profesionales a los que deseo dedicarme, uno de ellos ratifica mis augurios: “en los últimos dos años, me estoy encontrando que varios, cada vez más, profesionales con largas trayectorias en la educación social, se están volviendo a la Universidad: para adentrarse a futuro en la docencia o para formarse más ampliamente y retomar en otro ámbito distinto al que ha ejercido en los últimos 15, 20 o 25 años”. Los tres fuimos condescendientes y optamos por no mentar a la bicha, aunque la tuviésemos presente: quemamiento. 

Sea como fuere, más pronto que tarde, volveremos a entonar tan insigne apotegma. Que se vaya preparando la educación social: ¿qué hay de nuevo, viejo?

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Asier

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