noviembre 19, 2021

Hace un mes mi amigo y compañero Asier me pedía que colaborase con Educablog, escribiendo una reflexión sobre la educación social, nuestra profesión. En ese momento, no podía porque tenía unas obligaciones personales que me mantenían bastante ocupada. Ayer volvió a decírmelo y le dije que las obligaciones seguían ahí pero que había otra realidad que afrontar: no estoy conectada con la Arantza eduso. Así se lo dije, con la sinceridad que le debes a la gente que quieres y a ti misma.

Me enfrento a la página en blanco con esa certeza, en parte como deuda de gratitud a los compañeros que forman educablog, este portal que siempre sentí como mi casa; en parte como ejercicio personal de introspección y reflexión. Es cierto, últimamente me siento muchas cosas antes que educadora social. Me siento mujer, mujer que se acerca vertiginosamente a los 40 años sin hipoteca, sin alianza en el dedo y sin hijos (esto daría para otro artículo); una mujer que ha transitado por una serie de acontecimientos vitales en los últimos años que le han cambiado completamente las prioridades. No, no soy solo educadora social ni me va la vida en ello como me iba a los veinte y acababa de salir de la facultad con la ilusión de cambiar el mundo. Cambiar el mundo… qué pensamiento tan prepotente, si me permitís decirlo. ¿Quién me creía que era yo para cambiar el mundo? Creía que mi profesión era la más importante y necesaria de todas y, perdonadme la honestidad brutal, pero hoy no lo creo. Nuestra profesión es necesaria, es cierto, pero no más importante que la de magisterio, la de enfermería, no más necesaria que la profesión de los-as agricultores-as, los-as transportistas o los-as trabajadores-as de supermercados. 

No sé si se trata de cumplir años, de llevar dos años viviendo sola alejada de la civilización o si ha contribuido la pandemia a este cambio de miras personal pero huyo de muchas certezas que antes tenía. Y no me siento culpable. Me sigue gustando mi trabajo, por supuesto, sigo creyendo en él a pesar de las trabas cotidianas y de los fallos del sistema, a pesar de los Haches que han quedado en el camino. Sin embargo, ahora salgo del trabajo y desconecto y cultivo otras pasiones: la cerámica, el teatro, la lectura, la música, el cine… Salgo del trabajo y dejo de pensar en él. Salgo del trabajo y me quito las gafas de educadora social, con las brasas que yo daba (y no nos engañemos, sigo dando de vez en cuando) y me dedico a otras prioridades, las que tengo ahora: la salud, la familia, las amigas, la programación cultural de mi región. No os voy a engañar, mi profesión ya no es mi primera prioridad, ni siquiera la segunda. 

¿Y sabéis lo paradójico de esto? Creo que ahora soy mejor educadora social que cuando hace quince años me ponía el “disfraz” de súper eduso. 

Sobre el autor

Arantza Rodríguez

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  1. MARAVILLOSO! Difícil encontrar una reflexión tan sincera.
    Refleja carisma, profesionalidad, honestidad y valentía.
    Si existiese en este mundo más personas como Arantxa el mundo sería distinto. Alguien que se sacrifica por los demás, sin querer medallas halagos.
    Enhorabuena!

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